Miré a las familias. Algunas bajaron la cabeza. Otras lloraban. El hombre que había dicho que yo buscaba llamar la atención estaba sentado con los labios apretados y el teléfono apagado sobre las rodillas.
—No subí aquí para demostrar que una madre puede hacerlo todo sola —dije—. Nadie debería tener que hacerlo. Subí porque mi hijo estuvo conmigo cuando yo estudiaba, trabajaba y tenía miedo. Él no fue un obstáculo en mi camino. Fue la razón por la que seguí caminando.
Mateo abrió los ojos al oír mi voz.
El aplauso fue tan fuerte que vibraron los cristales del auditorio.
Más tarde, en el pequeño laboratorio donde había comenzado todo, Inés colocó la caja metálica sobre la mesa. Dentro seguían el cuaderno, la llave numerada y las hojas originales de mi proyecto.
—¿Qué harás con la patente? —preguntó Alonso.