—¿Qué quieres, Mauricio?
Él dejó la copa sobre una mesa de teca.
—El cuarenta por ciento de Grupo Mendoza. Los astilleros de Mazatlán, las marinas de La Paz y los contratos de mantenimiento. Usted firma, Valeria admite que atacó a una invitada y todos regresamos a tierra.
Una muchacha de cabello cobrizo dejó de bailar. Tenía el labio partido y sostenía un vaso de plástico con ambas manos.
—¿A quién atacó mi hija?
Mauricio señaló el camarote.
—A Fernanda Salas. Su directora financiera. Tenemos fotografías y testigos.
Otro golpe sacudió la puerta.
Mientras Mauricio hablaba, presioné el botón lateral de mi reloj. La señal comenzó a enviar sonido y ubicación a mi abogado, a la capitanía de puerto y a un contacto de la Armada. El aparato vibró una sola vez contra mi muñeca: transmisión activa.
También miré las cámaras del techo. Mauricio había cambiado las contraseñas, pero ignoraba que el sistema guardaba copias automáticas en los servidores de mi empresa.