—Usted fue quien ordenó que me llevaran al camarote.
—Mauricio se excedió.
—No. Mauricio hizo exactamente lo que usted le enseñó: convertir a las personas en costos.
La junta votó su separación inmediata de todas las funciones. No hubo discursos ni aplausos. Solo manos levantándose una después de otra mientras Octavio contemplaba la mesa que había intentado robar.
Horas más tarde, en el muelle, Valeria se quedó junto al casco blanco del Valeria. El vestido roto había sido cubierto por una manta, y el viento le movía el cabello sobre el ojo inflamado.
—No quiero volver a subir —dijo.
—Entonces no volverás.
—Pero tampoco quiero que él decida qué significa este yate para mí.
Fernanda, con una venda sobre la frente, le entregó una carpeta.
—La fundación tiene dinero suficiente para convertirlo en un refugio temporal para las mujeres que aparecen en el libro. Con asesoría, atención médica y habitaciones seguras.