—Si me expulsan, cientos perderán su trabajo.
—No —dije—. Si te quedas, perderán sus salarios.
Mi abogado activó el segundo archivo de la bóveda. No era una grabación. Era un conjunto de órdenes bancarias, informes médicos falsificados y contratos que llevaban el sello de la notaría de Octavio. La última página incluía una declaración de Fernanda escrita tres semanas antes, cuando había sospechado que la estaban siguiendo.
—¿Por qué guardaste esto? —pregunté.
Ella me miró.
—Porque sabía que si desaparecía, necesitarías algo más fuerte que mi palabra.
Ese fue el giro que nadie esperaba.
Fernanda no había encontrado la evidencia después de ser encerrada. La había construido antes, pieza por pieza, arriesgándose para dejar una salida a quienes todavía no sabían que estaban atrapados.
Octavio se levantó con dificultad.
—Fernanda, puedo protegerte.