Subí al yate que regalé a mi hija y encontré una escena imposible; cuando exigí abrir el camarote, Mauricio dejó de sonreír

Las fotografías parecían convincentes.

Hasta que vi el vestido.

—Mi hija llevaba azul en esas imágenes —dije—. El vestido que le rompiste es blanco.

Mauricio dejó de respirar durante un instante.

—A la prensa no le importan los colores.

—A un perito sí.

—A un perito se le paga.

Empujó la carpeta hacia mí.

—Firma.

Tomé la pluma. El metal estaba frío y olía a aceite de máquina, un olor que me recordó los talleres de Mazatlán. Leí cada página con lentitud mientras el rugido de los motores hacía vibrar los vasos.

Valeria se sentó junto a Fernanda y le cubrió la herida con un pañuelo.

—Fernanda descubrió transferencias desde mis empresas —dijo—. Dinero enviado a clínicas privadas, agencias de modelos y cuentas en Panamá. Cuando intenté copiar los archivos, Mauricio me encontró.

—¡Cállate! —rugió él.

La muchacha del labio partido empezó a llorar.

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