—No eran agencias —dijo—. Nos quitaban los documentos, nos obligaban a abrir cuentas y luego nos amenazaban con publicar videos. Si alguien quería irse, Mauricio decía que su padre podía encontrarla en cualquier ciudad.
Mauricio lanzó una copa contra la pared. El cristal estalló junto a mi cabeza.
Entonces comprendí que el robo de mis empresas era solo una parte del plan. Valeria había sido utilizada como firma, pantalla y futura culpable. Fernanda había descubierto la red y por eso la habían encerrado.
—¿Tu padre sabe todo esto? —pregunté.
Mauricio se inclinó sobre la mesa.
—Mi padre hizo posible cada contrato. Nadie toca a los Alcázar.
Firmé los documentos con la rúbrica especial que mi notario reconocía como señal de coacción. Aquella marca activaba una alerta en la bóveda digital del grupo.
—Listo —dije.
Mauricio levantó las hojas y brindó.