thuytram-Doné Mi Sangre Para Salvarlo, Pero Lo Que Escuché Después Me Cambió La Vida-thuytram

Valeria había pasado horas sentada en una capilla, llorando y rezando por él.

Pero Diego nunca había estado enfermo.

Después apareció una historia que le dolió de otra manera.
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La acusación de plagio que casi le había costado el título universitario.

Durante años, Valeria había pensado que aquello había sido un error administrativo.

Había llegado a pensar que quizá no había revisado algún documento a tiempo.

Quizá había sido descuidada.

Quizá era cierto que, como Diego le repetía cuando discutían, ella exageraba todo.

Pero aquella noche escuchó otra versión.

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No había sido un accidente.

Había sido otra prueba.

Otra mentira.

Otra forma de medir cuánto podía soportar antes de alejarse.

Valeria recordó entonces todas las veces que Diego había llamado «inseguridad» a lo que ella sentía.

Las veces que le dijo que era demasiado sensible.

Las discusiones en las que terminaba pidiéndole perdón aunque no supiera exactamente qué había hecho.
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Durante tres años había aprendido a desconfiar de su propia percepción.

Y ahora, desde aquel pasillo, empezaba a entender que esa confusión podía haber sido precisamente lo que ellos buscaban.

Bruno volvió a hablar.

«Solo faltan tres».

Emiliano preguntó qué pasaría cuando llegaran al siguiente número.

Bruno miró a Diego.

«Cuando lleguemos a noventa y nueve, se acabó».

Valeria esperó la siguiente frase.

Llegó enseguida.

Diego la dejaría.

Y volvería con Camila.

Entonces comprendió que Camila no era un detalle nuevo.

Era parte de una historia que había comenzado mucho antes de que ella supiera que estaba participando en ella.

Valeria sintió que tenía dos opciones.

Podía entrar en la habitación, exigir una explicación y dejar que ellos convirtieran su reacción en la prueba número noventa y siete.

O podía hacer algo que Diego no esperaba.

Podía guardar silencio.

Eligió la segunda opción.

Miró nuevamente su brazo.

La venda blanca ya tenía una pequeña mancha de humedad donde la piel había empezado a sudar.

Sacó el celular.

No llamó a nadie.

No escribió a Diego.

No mandó un mensaje furioso a Bruno.

Solo guardó el teléfono.

Después se dio la vuelta.

Esa misma noche comenzó a empacar.

No sabía todavía dónde iba a dormir al día siguiente.

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