No sabía qué iba a hacer con todo lo que había construido alrededor de Diego.
Tampoco sabía cómo explicar a su familia que una relación que parecía estable podía haber sido, durante años, una sucesión de pruebas diseñadas para medir su miedo.
Pero sí sabía una cosa.
No quería regalarles la reacción que estaban esperando.
Al llegar a casa, dejó las llaves sobre la mesa.
Después abrió el clóset y sacó una maleta.
No metió todo.
Solo lo necesario.
Ropa.
Documentos.
Su computadora.
Algunas cosas personales.
Cada objeto que guardaba parecía responder una pregunta que todavía no se atrevía a formular en voz alta.
¿Desde cuándo?
¿Por qué?
¿Quién más lo sabía?
¿Y qué significaba exactamente Camila dentro de todo aquello?
Valeria no tenía las respuestas.
Pero tampoco iba a regresar a la clínica para conseguirlas de boca de Diego.
La respuesta que necesitaba no era una explicación improvisada en una habitación donde todos ya habían decidido qué papel debía interpretar ella.
Necesitaba entender la historia completa.
Y para hacerlo, empezó por algo más sencillo.
Revisó su teléfono.
Encontró el mensaje de Diego.
«Si de verdad me amas, no vas a preguntar cuánta sangre necesitan. Solo hazlo por mí».
Lo leyó otra vez.
Ahora aquella frase sonaba distinta.
No como una petición.
Como una condición.
Si me amas, obedeces.
Si preguntas, fallas.
Si dudas, eres egoísta.
Si corres a ayudarme, ganas otra ronda.
Valeria dejó el teléfono sobre la cama.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentó justificarlo.
No pensó en lo que Diego podía estar sintiendo.
Pensó en lo que ella había hecho.
Había entregado sangre por alguien que no la neces
Había corrido de madrugada porque creyó que su pareja estaba en peligro.
Había aceptado un procedimiento médico sin cuestionarlo porque alguien que decía quererla le había hecho creer que esa era la prueba de amor que debía superar.
Y mientras ella hacía todo eso, ellos estaban contando.
Noventa y seis.
La cifra se convirtió en una frontera.
Ya no importaba cuántas pruebas anteriores pudiera recordar.
Importaba que existía un plan.
Un número final.
Y una mujer llamada Camila esperando al otro lado de ese número.