—Diego, ahorita no —dijo mi madre.
—Le pregunté a mi esposa.
Valeria recogió el teléfono.
Lo sostuvo con cuidado porque los dedos le dolían.
—Cuando te vas de viaje, cuando ella recibe gente o cuando dice que estoy siendo irrespetuosa.
—Eso es mentira —interrumpió Teresa.
Valeria desbloqueó el aparato.
No me mostró mensajes.
No hizo falta.
Solo dijo:
—Hoy me lo quitó después del desayuno.
Sofía levantó la cara.
—La abuela dijo que mamá no podía hablar contigo hasta que se portara bien.
Teresa dio un paso hacia la niña.
Yo me moví primero y quedé entre las dos.
—No te acerques.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Ahora me vas a tratar como si fuera una criminal delante de todo mundo?
No respondí.
Porque en ese instante entró el personal que había acudido por la llamada.
La casa dejó de ser la escena que Teresa había preparado.
Ya no importaban las copas, el vestido rojo ni las mesas llenas de comida.
Importaban las manos de mi hija.
Uno de los primeros en acercarse se agachó para quedar a la altura de Sofía y le pidió que mostrara las palmas.
Ella dudó.
Miró primero a su abuela.
Ese gesto me partió.
—Puedes enseñarlas —le dijo Valeria con suavidad.
Sofía abrió las manos.
La piel estaba roja y sensible, especialmente alrededor de los dedos.
Le preguntaron qué había pasado.
Teresa volvió a contestar antes.
—Estaba ayudando a lavar. Los niños meten las manos donde no deben.
La persona que atendía a Sofía no discutió con ella.
Repitió la pregunta mirando a mi hija.
—¿Qué pasó con tus manos?
Sofía se pegó a mí.
—El agua quemaba.
—¿Y por qué no la cerraste?
Mi hija frunció la boca.
—Porque la abuela dijo que faltaban muchos platos.
Teresa soltó un resoplido.
—Eso no significa que yo la obligara a quemarse.
Valeria levantó la vista.
Fue la primera vez desde que llegué que la vi mirar directamente a mi madre.
—Te dije tres veces que el agua estaba demasiado caliente.
Teresa se volvió hacia ella.
—Y yo te dije que dejaras de consentirla.
Nadie necesitó preguntarle si lo había dicho.
Acababa de confirmarlo sola.
Luego revisaron a Valeria.
Cuando le pidieron descubrirse el antebrazo, ella intentó bajar la manga otra vez.