Todavía tenía en la mano la bolsa con el almuerzo cuando al doctor Ramiro se le llenaron los ojos de lágrimas.

de sentarme a comer la mía. Algunas noches ni siquiera volvía.

—Estamos cortos de personal, amor. No me esperes despierta.

Cuando por fin se metía en la cama, se veía tan agotado que me tragaba cualquier reclamo. Una madrugada lo encontré sentado en el borde del colchón, con los hombros temblando. Se secó la cara antes de darse vuelta. “Fue una noche dura, Lu. Vuelve a dormir”.

Por eso aquel martes decidí sorprenderlo.

Lo que Ramiro no se animaba a decir
En el mostrador de enfermería, una enfermera que conocía desde hacía años dejó de sonreír al verme. Nadie me decía dónde estaba mi marido. Entonces apareció Ramiro, su colega y mejor amigo, blanco como un papel.

—Se va, Lucía —dijo por fin.

Por un segundo dejé de respirar.

—¿Me deja a mí?

—¡No! No, perdóname. Me refiero al hospital. Aceptó un puesto en otra ciudad. En Mérida.

El alivio

duró un instante. Después vino la confusión, y después, el enojo.

—¿Y tú lloras porque se va?

—Es mi mejor amigo. Creí que ya lo sabías.

Una oficina a medio vaciar
Caminé hasta el consultorio de Andrés. La puerta estaba entreabierta. Sobre el escritorio había una carpeta abierta: una dirección en Mérida y una fecha de ingreso dentro de seis semanas. Dos repisas estaban vacías, los libros en cajas, y la foto de Camila y yo, envuelta en papel de diario.

—¿Lucía?

Andrés estaba en la puerta con un café en la mano.

—¿Aceptaste un trabajo en Mérida?

—Pensaba contártelo todo. Déjame explicarte.

Le fui preguntando, uno por uno: ¿después de postularte? ¿Después de la entrevista? ¿Después de aceptar? A todo me dijo que sí. Llevaba cuatro meses con el plan.

—Es un puesto con menos guardias, con fines de semana libres. Quieren que dirija parte del servicio —se defendió—.

Pensé que era la forma de salvarnos. Casi no tenemos tiempo juntos.

—¿Y por qué no estaba yo en esa conversación?

—Porque pensé que ibas a decir que no antes de escucharme.

Ahí estaba. Andrés había decidido lo que yo iba a pensar antes de que yo pudiera pensarlo.

—No querías mi opinión. Querías que aprobara el plan cuando ya no quedara nada por discutir. No me voy a mudar, y no le voy a arruinar el año escolar a Camila.

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