
El abogado no se dirigió a Vanessa.
Con un gesto hacia el pasillo oscuro, le pidió a Alejandro que fuera con él: lo que habían hallado tras aquella puerta cambiaba por completo lo que hasta ese momento parecía una noche de abandono y despilfarro.
Alejandro volteó primero hacia sus hijas.

El médico ya estaba con Emma, Lucía, Sofía y Renata, revisándolas mientras ellas seguían envueltas en el abrigo de su padre y en unas mantas que uno de los agentes había encontrado en otra habitación.
—No me voy lejos —les dijo Alejandro.
Emma lo sujetó de la manga.
—¿Vas a regresar?
La pregunta le dolió más que cualquier insulto de Vanessa.
Alejandro se agachó hasta quedar a su altura.
—Sí. Esta vez sí.
Emma soltó la tela poco a poco.
Alejandro siguió al abogado por el corredor oeste.
El frío era todavía más intenso ahí, pero ahora entendía que no se debía a una falla de la casa.
Alguien había decidido qué habitaciones recibían calefacción y cuáles no.
La puerta estaba al fondo.
Era una habitación que había pertenecido a Mariana.
Después de su muerte, Alejandro casi nunca entraba ahí.
Había conservado algunas de sus cosas porque no se sentía capaz de decidir qué guardar y qué regalar, y antes del viaje le había pedido a Vanessa que no cambiara nada sin avisarle.
Ahora la cerradura estaba dañada por la apertura reciente.
El abogado empujó la puerta.
Alejandro se quedó inmóvil.
No encontró un cuarto abandonado.
Encontró una bodega perfectamente organizada.
Había cajas con los nombres de Emma, Lucía, Sofía y Renata escritos sobre etiquetas de envío.
Había ropa de invierno todavía dentro de sus empaques.
Había cobijas nuevas.
Había calentadores portátiles.
Había zapatos infantiles de varias tallas.
Había juguetes que Alejandro reconoció porque él mismo los había elegido desde aeropuertos y habitaciones de hotel durante los últimos meses.
Y había comida.
Mucha.
Paquetes cerrados, productos de despensa, cajas que nunca habían llegado al comedor familiar.
Alejandro caminó hasta una de las cajas.
La abrió.
Dentro encontró cuatro pares de pantuflas pequeñas.
Las mismas niñas que acababa de encontrar descalzas sobre un piso helado tenían zapatos nuevos guardados a menos de treinta metros.