El autobús municipal me dejó a tres cuadras del barrio residencial donde crecí. Corrí el último tramo, con los pulmones ardiendo y el corazón latiendo frenéticamente contra mis costillas, intentando desesperadamente escapar de los años perdidos. La calle seguía prácticamente igual: las mismas aceras agrietadas donde aprendí a patinar, el viejo arce nudoso que se inclinaba precariamente sobre la esquina. Pero a medida que me acercaba a nuestra propiedad, los detalles empezaron a desdibujarse, revelando algo fundamentalmente erróneo.
La barandilla de madera del porche seguía allí, pero la pintura blanca desconchada había desaparecido, sustituida por una capa fresca y aséptica de azul pizarra. Los macizos de flores descuidados y caóticos que tanto le gustaban a mi padre estaban cuidados con esmero, repletos de arbustos rígidos y desconocidos. Dos coches nuevos llenaban la entrada: un elegante sedán negro y un enorme todoterreno plateado, brillantes y extraños, como si la casa hubiera sido colonizada por una vida a la que nunca me habían invitado.