Al verlo, frunció el ceño.
—¿Valeria?
—Está bien.
Mariana intentó incorporarse.
—¿Dónde está?
—Durmiendo. Está aquí, en el hospital.
Los ojos de Mariana se llenaron de lágrimas.
—¿Usted la encontró?
Alejandro asintió.
—Ella me encontró a mí, en realidad.
Mariana cerró los ojos y empezó a llorar en silencio.
—Recuerdo que me sentí mal. Me senté un momento. Después ya no recuerdo nada.
—Valeria fue a buscar ayuda.
—Tiene cinco años.
—Y fue muy valiente.
Mariana se cubrió el rostro con una mano.
—Debió estar aterrada.
Alejandro acercó una silla.
—Lo estaba.
Mariana respiró profundamente.
—Gracias por no dejarla sola.
—No iba a hacerlo.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces Mariana lo miró con una mezcla de vergüenza y cansancio.
—Seguro ya le dijeron lo de mi diabetes.
Alejandro asintió.
—Solo lo necesario para entender lo ocurrido.
Mariana observó sus propias manos.
—Soy maestra de primaria. Trabajo todo lo que puedo. Pero en los últimos meses tuve muchos gastos.