PARTE 1
—¡Lárgate de aquí, vieja negra! ¡Este lugar no es para gente como tú! Y si no te vas por las buenas, te voy a sacar a empujones.
El grito de Sebastián retumbó en el gimnasio mientras más de treinta personas observaban en silencio. Frente a él estaba una mujer de 67 años, de piel morena oscura, cabello canoso y un abrigo desgastado. A su lado, un niño de siete años, disfrazado de Gokú, apretaba los puños para no llorar.
Nadie imaginaba que aquel joven cinturón negro estaba a punto de cometer el peor error de su vida.
Todo comenzó la tarde del 31 de octubre, en un dojo llamado Tigre de Acero, ubicado en Zapopan, Jalisco.
Sebastián Ramírez, de 28 años, era el instructor principal. Había ganado varios torneos regionales y presumía sus trofeos como si fueran pruebas de que nadie podía contradecirlo.