Aquella noche había organizado una clase especial de artes marciales por Halloween. La entrada costaba 350 pesos y los padres podían quedarse a observar.
Entre los asistentes llegaron Elena Moreno y su nieto Leonardo, a quien todos llamaban Leo.
Elena había nacido en la Costa Chica de Guerrero. Era una mujer afrodescendiente, de manos ásperas y rostro sereno, que desde hacía años vivía con su hija Marisol en Guadalajara.
Leo llevaba semanas hablando de aquella clase.
Su mamá, enfermera en un hospital público, había trabajado turnos dobles y no podía acompañarlo. Por eso Elena prometió llevarlo personalmente.
El niño vestía un disfraz de Gokú confeccionado por su abuela: una camiseta naranja, un cinturón azul y unas botas improvisadas con tela.
—Abuelita, ¿crees que algún día pueda tener un cinturón negro? —preguntó mientras entraban.
—Claro que sí, mi cielo. Pero primero tendrás que aprender algo más importante que pelear.