—No fue ningún malentendido. Usted insultó a un niño por su disfraz, discriminó a su abuela y después la empujó.
—¡Cállese! —gritó Sebastián.
—No voy a callarme otra vez.
La mujer levantó su celular.
—Toda la situación quedó grabada. Y hay más padres dispuestos a declarar.
Elena intervino.
—No necesito que nadie siga peleando por mí. Lo que ocurrió fue suficientemente grave.
Sebastián la miró con desesperación.
—Entonces podemos arreglarlo aquí, ¿verdad?
Elena negó lentamente.
—No, joven. Usted es un adulto. Tiene alumnos que lo admiran. Lo que hizo delante de ellos tiene consecuencias.
En aquel momento se escucharon sirenas en la calle.
Uno de los padres había llamado a la policía municipal después de presenciar el empujón.
Dos oficiales entraron al gimnasio.
Sebastián corrió a recibirlos.
—¡Oficiales! ¡Qué bueno que llegaron! ¡Esta señora me atacó! ¡Miren cómo me dejó el brazo!