El joven frunció el ceño.
—¿Cómo?
—¿Recuerdas cuando tu padre contaba que una instructora le enseñó que la primera obligación de una persona fuerte es proteger a quien no puede defenderse?
Sebastián no contestó.
Claro que lo recordaba.
Su padre repetía aquella enseñanza desde que era niño.
Incluso había colocado esas palabras en una placa a la entrada del dojo.
Elena miró hacia la pared.
Allí estaba la frase, escrita en letras negras:
La verdadera fuerza consiste en proteger, no en humillar.
Durante varios segundos nadie habló.
Entonces Elena dijo algo que terminó de avergonzarlo.
—Qué tristeza que tenga esas palabras colgadas en su gimnasio, muchacho, y no las haya entendido.
Sebastián apretó los dientes.
Su orgullo todavía buscaba una salida.
—Bueno, tampoco exageremos. Fue un malentendido. Yo solamente quería que se retiraran.
Gabriela dio un paso al frente.