Sebastián tuvo que responder por su conducta ante las instancias correspondientes.
También enfrentó una realidad que jamás había considerado.
Sin alumnos suficientes y sin la ayuda económica de su padre, el dojo comenzó a acumular deudas.
Cuatro meses después, Tigre de Acero cerró sus puertas.
La noche que Sebastián había querido utilizar para demostrar su superioridad terminó costándole el negocio que tanto presumía.
Sin embargo, perder dinero no fue lo que más le dolió.
Fue descubrir que sus propios estudiantes habían sentido miedo de él durante años.
Uno de sus antiguos alumnos le escribió un mensaje:
«Maestro, yo lo admiraba. Pero muchas veces nos gritaba y nos humillaba cuando perdíamos. Después de ver lo que hizo con ese niño, entendí que eso no era disciplina».
Sebastián leyó aquellas palabras una y otra vez.