Por primera vez comenzó a preguntarse cuántas personas había lastimado sin darse cuenta.
Dos semanas después del incidente, Rafael Ortega visitó la casa de Elena.
Llevaba una pequeña caja y una propuesta.
—Maestra, dirijo una escuela de judo en Guadalajara. Me gustaría ofrecerle una beca completa a su nieto.
Elena lo observó con sorpresa.
—No quiero que nadie sienta lástima por nosotros.
Rafael sonrió.
—No es lástima. Es una beca que damos a niños con interés en aprender. Leo puede asistir a una clase de prueba y decidir si le gusta.
El niño, que escuchaba desde la cocina, apareció inmediatamente.
—¿De verdad puedo ir?
—Por supuesto, campeón.
Leo miró a su abuela.
—¿Y tú vas a acompañarme?
—Siempre que pueda.
El sábado siguiente llegaron a la nueva escuela.
Era mucho más sencilla que Tigre de Acero.