Leo creció entre tareas escolares, entrenamientos y tardes ayudando a su abuela en la cocina.
No fue un estudiante perfecto.
Hubo competencias en las que perdió.
Otras veces se frustró porque sus compañeros avanzaban más rápido.
A los trece años quiso abandonar después de una derrota especialmente difícil.
Llegó a casa, dejó su uniforme sobre una silla y anunció:
—Ya no quiero seguir. Nunca voy a ser tan bueno como los demás.
Elena lo escuchó sin interrumpirlo.
Después abrió un cajón y sacó una vieja fotografía.
Era la misma que Rafael había mostrado en aquel gimnasio.
—¿Ves a todos estos jóvenes? —preguntó.
Leo asintió.
—Cuando empezaron a entrenar, algunos eran más fuertes que otros. Unos aprendían rápido y otros necesitaban repetir las cosas cien veces.
—¿Y quién fue el mejor?
Elena sonrió.
—El que comprendió que no estaba compitiendo contra sus compañeros, sino contra sus propias limitaciones.