No había grandes vitrinas ni fotografías de instructores posando con medallas.
En la pared principal solamente colgaba un letrero:
Aquí nadie aprende a ser superior a los demás. Aprendemos a superarnos a nosotros mismos.
Leo leyó lentamente aquellas palabras.
Después sonrió.
Durante su primera clase, Rafael le enseñó cómo saludar, cómo caer sin lastimarse y cómo levantarse después de perder el equilibrio.
No hubo gritos.
No hubo burlas.
Cuando Leo se equivocó, Rafael corrigió su postura con paciencia.
Al terminar, el niño corrió hacia Elena.
—¡Abuelita! ¡Me caí cinco veces!
Ella levantó las cejas.
—¿Y qué hiciste?
—¡Me levanté seis!
Elena soltó una carcajada.
Era la primera vez que escuchaba a su nieto hablar de las artes marciales con entusiasmo desde aquella noche de Halloween.
Y comprendió que Rafael le había devuelto algo que parecía perdido.
La confianza.
Los años comenzaron a pasar.