El gimnasio estaba lleno de familiares.
Marisol ocupaba un asiento en primera fila, todavía vestida con el uniforme del hospital porque había cambiado su turno para asistir.
Junto a ella estaba Elena.
Tenía 79 años.
Su cabello era completamente blanco y caminaba con ayuda de un bastón. Sus movimientos ya no eran los mismos de aquella tarde en Zapopan.
Pero su mirada conservaba aquella firmeza que nadie había logrado doblegar.
Rafael llamó a Leo al centro del tatami.
—Este joven comenzó a entrenar aquí cuando tenía siete años. Llegó con mucho entusiasmo, pero también con una experiencia dolorosa que había puesto en duda su confianza.
Leo miró a su abuela.
Rafael continuó:
—Hoy recibe este cinturón negro no solamente por su técnica, sino también por su constancia, su respeto y su manera de ayudar a sus compañeros.