Cuando Rafael terminó de ajustarle el cinturón, los aplausos llenaron el gimnasio.
Leo se inclinó respetuosamente.
Después caminó directamente hacia la primera fila.
Se arrodilló junto a Elena para abrazarla.
—Lo logramos, abuelita.
La anciana le acarició el rostro.
—Lo lograste tú, mi cielo.
Leo negó con la cabeza.
—No. Si tú no hubieras estado conmigo aquella noche, yo habría creído que ese hombre tenía razón.
Elena sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—Nunca permitas que nadie te convenza de que vales menos, Leonardo.
—No lo haré.
El joven levantó suavemente su nuevo cinturón.
—Este también es tuyo.
Lo que Leo no sabía era que alguien más había asistido a la ceremonia.
Al fondo del gimnasio, apartado de las familias, estaba Sebastián Ramírez.
Tenía cuarenta años.
Su rostro había cambiado mucho.