Después de perder Tigre de Acero, había trabajado durante años en distintos empleos y había buscado ayuda para controlar su ira. Nunca volvió a dirigir una escuela de artes marciales.
Su padre había retomado el contacto con él, aunque reconstruir aquella relación había sido difícil.
Sebastián había acudido porque Rafael le contó que Leo recibiría su cinturón negro.
No pretendía participar en la celebración.
Solo quería ver en qué se había convertido aquel niño al que había humillado.
Cuando terminó la ceremonia, se acercó con cautela.
—Señora Elena…
Leo se volvió inmediatamente.
Reconoció aquel rostro, aunque habían pasado doce años.
Sebastián bajó la mirada.
—No vengo a causar problemas. Quería pedirles disculpas.
Elena lo observó en silencio.
—Durante mucho tiempo culpé a todo el mundo por lo que me pasó —continuó Sebastián—. A usted, a los padres que grabaron, a mi papá… Nunca quise aceptar que yo había provocado todo aquello.