La anciana sonrió levemente.
—Siempre lo fue. Usted simplemente no quiso verlo.
Sebastián no encontró palabras para responder.
Se despidió y salió en silencio.
Aquella noche, cuando regresaron a casa, Leo encontró en su armario el viejo disfraz de Gokú.
La camiseta naranja estaba cuidadosamente doblada, junto al cinturón azul que Elena había cosido a mano.
Había algunas costuras flojas y las botas improvisadas ya no le quedaban.
Leo sostuvo la tela entre los dedos.
Recordó a aquel niño de siete años que había entrado a un gimnasio lleno de ilusiones.
Recordó las carcajadas.
Los insultos.
El empujón.
Y, sobre todo, recordó la mano de su abuela sujetando la suya mientras abandonaban aquel lugar.
Fue a buscarla a la sala.
Elena estaba sentada junto a la ventana.
—Abuelita, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro, corazón.
—Cuando aquel hombre te empujó… ¿por qué no le dijiste desde el principio que habías sido instructora de la Armada?