Elena pensó un momento.
Después respondió con una tranquilidad que Leo nunca olvidaría.
—Porque no debería ser necesario tener una medalla, un uniforme, dinero o un título para merecer respeto.
Leo permaneció inmóvil.
—Yo quería que nos tratara bien porque éramos dos personas que no le habían hecho ningún daño. No porque yo hubiera tenido una vida importante.
El joven se sentó a su lado.
Elena le tomó la mano.
—Nunca olvides esto, hijo: un cinturón negro puede demostrar cuánto has entrenado, pero solamente tu conducta demuestra qué clase de persona eres.
Leo apoyó la cabeza sobre su hombro.
Por la ventana entraba una brisa fresca de octubre.
En el dormitorio, su nuevo cinturón negro descansaba junto al pequeño disfraz naranja.
Dos prendas completamente distintas.
Una representaba doce años de esfuerzo.
La otra recordaba la noche en que un hombre poderoso había intentado hacer sentir insignificante a un niño.