—Entonces déjame invitarte a cenar otro día.
Mariana levantó una ceja.
—¿Otra vez tengo que fingir algo?
Alejandro se rio por primera vez con verdadera tranquilidad.
—No. Esta vez solo quiero que seas Mariana.
Ella dudó.
Todo aquello era extraño.
Demasiado rápido.
Dos horas antes ese hombre era únicamente un cliente.
Ahora conocía una de las partes más dolorosas de su vida.
Pero también había visto cómo hablaba con su hija.
Cómo la escuchaba.
Cómo había sido capaz de hacer el ridículo delante de una desconocida con tal de darle algo que ella necesitaba.
—Está bien —respondió Mariana.
Alejandro pareció sorprendido.
—¿Sí?
—Sí. Pero en un lugar sencillo.
—Trato hecho.
Intercambiaron números.
Cuando Mariana regresaba al restaurante, se volvió.
Sofía tenía una mano pegada al cristal del automóvil.
Mariana levantó la suya.
La niña sonrió.