Había acabado mi turno, pero la sola idea de entrar al camino del Encinal me hacía sudar.
—Puedes ir por otra ruta —dijo.
Negué, molesta conmigo misma.
—No quiero que siga decidiendo por dónde manejo.
Diego se sentó a mi lado.
—Hoy puedes elegir el camino largo. También es una decisión tuya.
Lo hice.
Tardé varias semanas en volver a pasar bajo aquel árbol.
La primera vez fui acompañada.
La segunda, sola.
No hubo música heroica ni una sensación repentina de libertad. Solo el volante entre las manos, la curva y un espacio vacío donde antes se estacionaba la patrulla.
Seguí manejando.
El proceso judicial llegó mucho después.
Declaré con ropa formal, llevando únicamente los documentos que me habían indicado. Mi grado militar apareció en las preguntas sobre mis antecedentes, pero la mayor parte de mi testimonio fue sobre cosas sencillas.