A don Aurelio le importó algo más concreto.
Una mañana me encontró en la farmacia.
Había conducido por el Encinal para llevar a su esposa a consulta.
—Ya no di la vuelta por el puente —me dijo.
Lo vi guardar sus medicamentos en la bolsa.
Sonrió apenas.
Aquella frase me acompañó todo el día.
Dos semanas después de la sentencia recibí un paquete en el hospital.
Dentro había un estetoscopio nuevo.
Diego había añadido una tarjeta.
“Para seguir ayudando. Sin tener que demostrarle nada a nadie”.
Lo sostuve mucho tiempo.
Mis compañeras se acercaron, esperando que me lo pusiera.
Lo hice.
Era distinto del anterior. Más frío, todavía rígido.
El de mi abuela volvió a mí cuando autorizaron la devolución de la evidencia. Lo llevé a casa dentro de una caja y lo guardé junto a su tarjeta de graduación.