No intenté repararlo.
Quería conservarlo como había quedado, sin obligarlo a parecer intacto para poder seguir queriéndolo.
A la mañana siguiente me preparé para otra guardia.
Revisé la cámara.
Acomodé la bolsa.
Antes de salir, miré la fotografía de mi abuela sobre el librero.
Durante mucho tiempo había pensado que honrar su regalo significaba mantener las manos firmes.
Ahora sabía que también podía hacerlo con las manos temblando.
En el camino del Encinal, alguien había atado listones amarillos a la cerca próxima al árbol.
Los vi moverse al pasar.
Después sonó mi teléfono a través del manos libres.
Era Maribel.
—¿Me das un aventón al salir? Hoy termino a tu hora.
Le dije que sí.