Quería estar con mi abuela mientras todavía pudiéramos desayunar juntas.
Ella había criado a una niña que se desmayaba al ver una herida y la había visto convertirse en enfermera.
El día de mi graduación me regaló un estetoscopio.
En la caja dejó una tarjeta: “Para que tus manos siempre ayuden”.
Cuando falleció, guardé la tarjeta dentro de un libro. El estetoscopio siguió acompañándome a cada turno.
Aquella mañana terminé una guardia de doce horas. Habíamos estabilizado a un hombre que llegó muy grave y acompañado a su esposa durante una espera interminable.
Yo solo quería llegar a casa, bañarme y dormir.
Antes de arrancar comprobé la cámara del tablero.
La había instalado después de escuchar varias historias sobre el camino del Encinal, la ruta más corta entre el hospital y mi colonia.