Un agente se estacionaba siempre bajo el mismo árbol.
Detenía coches viejos. Personas solas. Gente a la que parecía costarle trabajo responderle.
Don Aurelio, vecino de mi abuela, me había contado que le quitó el dinero de sus medicamentos.
Una trabajadora de limpieza del hospital tardó meses en admitir que también le había pasado.
Había quienes presentaban quejas y quienes nunca se atrevían.
Yo los había escuchado, anotado sus relatos con permiso y acompañado a dos personas a buscar asesoría fuera del municipio.
No era investigadora. Tampoco estaba esperando que me detuvieran.
La cámara era una precaución.
A mediodía, las luces de la patrulla aparecieron detrás de mí.
Me orillé.
El agente se llamaba Ramiro Solís. Lo reconocí por las descripciones antes de leer su apellido.
Golpeó el vidrio con los nudillos.
—No pusiste direccional.