Le dije que una niña de ocho años no necesitaba conocer todos los detalles médicos, pero tenía derecho a entender por qué su padre desaparecía de las celebraciones sin dar explicaciones.
Andriy guardó silencio, y entonces le pregunté qué había ocurrido exactamente la noche anterior para que sus compañeros me miraran como si estuvieran a punto de darme malas noticias.
Explicó que una nueva prueba había mostrado actividad de la enfermedad después del primer esquema de tratamiento, por lo que el equipo recomendaba otro tratamiento y prepararse para una siguiente etapa más compleja.
Más tarde, la médica de Andriy solo me confirmó aquello sobre lo que él había autorizado por escrito que me informara, sin convertir nuestro matrimonio en una anulación de la confidencialidad médica.
No se trataba de una situación sin esperanza, sino de un cambio importante en el plan, con riesgos reales, incertidumbre y la necesidad de abandonar temporalmente la práctica quirúrgica.