Gracias por recordarnos que todos necesitamos que alguien crea en nosotros alguna vez.
Alejandro y Valeria.”
Mariana tuvo que sentarse.
—¿Está bien? —preguntó el hombre.
Ella volvió a leer la carta.
Luego otra vez.
—No entiendo.
—Puede visitar el local antes de decidir.
—¿Y quién paga todo esto?
—La persona que firma la carta.
Mariana apretó los labios.
—Es demasiado.
—Puede decir que no.
Eso la tranquilizó extrañamente.
No era una orden.
No era una deuda escondida.
No le estaban exigiendo gratitud.
Solo le ofrecían una oportunidad.
Esa tarde llevó a Sofía a ver el local.
Era pequeño.
Mucho más pequeño de lo que Mariana había imaginado cuando soñaba con tener una pastelería.
Las paredes necesitaban pintura.
Una mesa estaba rayada.
Había dos lámparas que no funcionaban.
El horno era antiguo.
La puerta del almacén chirriaba.
Pero tenía una cocina.