—Yo no habría tenido esta oportunidad.
Alejandro miró a su hija.
—Y yo no habría mirado aquella tarde si ella no me hubiera obligado.
Valeria frunció el ceño.
—No te obligué.
—Casi.
—Solo te dije que vieras.
Alejandro sonrió.
—Exactamente.
Se sentaron.
Mariana les llevó una tarta pequeña de manzana.
—Invita la casa.
Alejandro levantó una ceja.
—Eso no parece buen negocio.
—Esta vez sí.
Mientras comían, Alejandro explicó algo que Mariana nunca había imaginado.
Después de aquel día en el supermercado, había empezado a cambiar pequeñas cosas en su propia vida.
Seguía trabajando mucho.
Seguía teniendo reuniones.
Seguía dirigiendo su empresa.
Pero había aprendido a guardar el teléfono durante la cena con su hija.
Visitaba personalmente algunos de los lugares donde trabajaba su gente.
Preguntaba más.
Escuchaba más.
No porque de repente se hubiera convertido en otra persona.