Sino porque una niña de siete años le había hecho una pregunta demasiado sencilla para ignorarla:
“¿Por qué no ayudamos?”
El negocio de Mariana continuó creciendo.
Nunca se volvió una gran cadena.
Ella tampoco quería eso.
Le bastaba con pagar la renta, cuidar de Sofía y dormir sin el miedo constante de no saber cómo cubrir el mes siguiente.
Al tercer año contrató a su primera ayudante.
Se llamaba Teresa.
Tenía treinta y cinco años y dos hijos.
Había perdido su empleo meses antes y necesitaba horarios que le permitieran recoger a los niños de la escuela.
Mariana entendía perfectamente.
—Ven mañana —le dijo—. Probamos una semana.
Teresa terminó trabajando allí durante años.
Después llegó Claudia, madre de un adolescente.
Luego Verónica, que necesitaba volver a trabajar después de pasar varios años cuidando a su familia.