Los observó durante unos segundos.
Años atrás, había permanecido frente a un congelador calculando si podía comprar uno.
Había sentido vergüenza.
Miedo.
Soledad.
Había pensado que aquella Navidad sería otra prueba de todo lo que había perdido.
Pero, sin saberlo, en aquel mismo pasillo también había encontrado algo.
No dinero.
No un negocio.
No una solución mágica.
Había encontrado una prueba de que incluso en los días en que una persona siente que ya nadie la ve, alguien puede detenerse.
Alguien puede preguntar.
Alguien puede ayudar sin humillar.
Alguien puede abrir una puerta.
Mariana cerró el refrigerador.
Sofía esperaba junto a la entrada.
—¿Nos vamos?
—Sí.
Mariana apagó la última luz.
Antes de cerrar la puerta, miró una vez más el pequeño local que había construido con años de trabajo.