Luego sonrió.
Porque nunca olvidó aquella tarde en el supermercado.
El carrito casi vacío.
El pavo que tuvo que devolver.
La mano de su hija dentro de la suya.
Y una niña desconocida preguntándole a su padre, con la sencillez que solo tienen los niños:
—¿Por qué no ayudamos?
A veces una vida no cambia con un gran discurso.
Cambia cuando alguien decide mirar.
Y aquella Navidad, eso fue exactamente lo que ocurrió.