Ricardo miró hacia la cunita.
Mateo estaba despierto.
Movía la boca como si buscara comer.
Mi esposo dio medio paso hacia él.
Yo levanté una mano.
—Todavía no.
Se detuvo.
No era castigo.
Era la primera consecuencia que yo misma podía controlar.
Él se había permitido rechazar a su hijo durante las primeras horas de vida porque se sentía traicionado por algo que sólo existía en su cabeza.
No iba a fingir que bastaba con regresar al hospital para borrar eso.
Salí de ahí con mi hermana.
No fui a nuestra casa.
Me fui a la suya, tal como Ricardo me había ordenado en el peor momento, pero por una razón completamente distinta: necesitaba un lugar donde pudiera dormir sin preguntarme si al despertar tendría que defender otra vez la existencia de mi hijo.
Las niñas estaban con Patricia mientras nosotros resolvíamos el alta.