Mariana no sabía qué decir.
—No puedo aceptar todo esto.
Elena acomodó una toalla limpia sobre una silla.
—Esta noche no tienes que aceptar nada. Solo deja que te cuidemos un poco.
Mariana bajó la cabeza.
—Gracias.
—Cena dentro de una hora.
Cuando Elena salió, Mariana cerró la puerta.
Giró la llave.
Y volvió a llorar.
No por tristeza.
No exactamente.
Lloró porque durante meses había aprendido a vivir esperando siempre lo peor.
Y resultaba extraño descubrir que una puerta también podía abrirse.
Se duchó durante mucho tiempo.
El agua caliente le dolió al principio en los pies.
Después comenzó a relajarse.
Se lavó el cabello dos veces.
Cuando terminó y se miró al espejo, casi no se reconoció.
Seguía estando muy delgada.
Seguía teniendo ojeras.
Pero debajo del cansancio todavía estaba ella.
Mariana.
La mujer que había estudiado diseño durante un tiempo.