—Recuerdo que no estoy sola.
La niña aceptó la respuesta y comenzó a comer.
Mariana miró su plato.
No olvidaría los meses difíciles.
Tampoco quería hacerlo.
Habían formado parte de su vida.
Pero ya no definían quién era.
Ella no era “la joven que vivió en la calle”.
Era Mariana.
Trabajaba.
Dibujaba.
Pagaba su propio departamento.
Tenía amigos.
Tenía domingos en familia.
Tenía planes.
Y cada vez que veía a alguien atravesando un momento difícil, recordaba las palabras de Elena.
La bondad no se paga.
Se comparte.
Por eso Mariana comenzó a colaborar algunas horas al mes en un pequeño comedor vecinal.
No contaba demasiado sobre su propia historia.
No hacía falta.
Servía platos.
Escuchaba.
Aprendía nombres.
Siempre nombres.
Porque sabía lo fácil que era empezar a sentirse invisible cuando la gente dejaba de preguntarte cómo te llamabas.