Una tarde, meses después, una joven llegó al comedor.
Se sentó sola.
No quería hablar.
Mariana dejó un plato frente a ella.
—Gracias —murmuró la muchacha.
Mariana se sentó al otro lado de la mesa.
—¿Cómo te llamas?
La joven levantó la mirada.
Aquella expresión le resultó conocida.
No era exactamente tristeza.
Era agotamiento.
El tipo de cansancio que aparece cuando llevas demasiado tiempo intentando resolver tu vida solo.
—Daniela.
Mariana sonrió.
—Mucho gusto, Daniela. Yo soy Mariana.
No hizo preguntas.
No ofreció promesas.
Solo permaneció allí unos minutos.
Mientras regresaba a casa, pensó en Sofía.
Una niña de cuatro años nunca había preparado un plan para cambiar su vida.
No tenía dinero.
No tenía contactos.
No podía ofrecerle empleo ni vivienda.
Solo había visto a una persona sentada sola.
Y había decidido acercarse.
Todo lo demás había comenzado después.