Una niña abrazó a una joven descalza en Nochebuena, pero nadie imaginaba lo que ocurriría después

Meses más tarde, durante otra cena de domingo, Sofía volvió a mostrarle un dibujo.

Esta vez había cuatro figuras.

—Ahora sí puse a la abuela —dijo orgullosa.

Elena lo examinó.

—¿Por qué tengo el cabello morado?

—Porque no encontré gris.

Ricardo comenzó a reír.

—Te queda bien, mamá.

—No te metas.

Mariana miró el papel.

Cuatro personas tomadas de las manos.

La casa dibujada detrás.

Un enorme corazón encima.

—¿Qué dice aquí? —preguntó Mariana señalando unas letras torcidas.

Sofía sonrió.

—Familia.

Mariana tuvo que apartar la mirada unos segundos.

Había pasado mucho tiempo pensando que había perdido todo cuando murió su madre.

Después creyó que había terminado de perderlo cuando perdió su empleo y su vivienda.

Pero la vida le había enseñado algo inesperado.

Hay cosas que no pueden reemplazarse.

Una madre no se reemplaza.

Un amor perdido tampoco.

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