Todavía conservaba algo de orgullo.
Pero también estaba cansada.
Terriblemente cansada.
Y Sofía la miraba como si aceptar aquella invitación fuera la cosa más importante del mundo.
—Solo para cenar —susurró Mariana.
—Solo para cenar —respondió Ricardo.
Se quitó el abrigo y lo puso sobre sus hombros.
Cuando Mariana intentó ponerse de pie, él vio cómo apretaba los dientes al tocar el suelo.
—Espera.
—Puedo caminar.
—No vas a cruzar el estacionamiento así.
Ricardo terminó ayudándola hasta el automóvil mientras Sofía sujetaba una de sus manos.
Durante el trayecto, la niña habló casi sin respirar.
Le contó que había ayudado a preparar galletas.
Que su abuela hacía un ponche muy rico.
Que había pedido un juego de pinturas.
Y que estaba convencida de que uno de sus regalos tenía exactamente la forma de una caja de colores.