—No. Todo está bien.
—Entonces…
—Necesito hablar con usted.
Se puso tensa.
—¿Sobre qué?
Respiré hondo.
—Sobre el secreto de Sofía.
Su cara perdió el color.
—Lo siento muchísimo.
—No tiene por qué disculparse.
—Es una niña y no entiende que…
—Entiende más de lo que creemos.
Mariana bajó la mirada.
—¿Puedo pasar?
Dudó unos segundos.
Finalmente abrió la puerta.
El departamento era pequeño, pero estaba impecable.
Había dibujos infantiles pegados en una pared.
Animales.
Flores.
Casas.
Personas tomadas de la mano.
En una esquina había equipo médico.
Sobre una repisa, varios frascos y cajas de medicamentos.
La puerta del refrigerador estaba cubierta de papeles con fechas y anotaciones.
Mariana señaló el sofá.
—Sofía está dormida.
Nos sentamos.
No sabía cómo empezar.
Nunca había tenido una conversación parecida.
—Ayer Sofía me dijo que usted llora por las noches.