Esa noche abrí una carpeta donde guardaba mis estados de cuenta.
Miré la cifra durante mucho tiempo.
Era bastante dinero.
No una fortuna.
Pero sí mucho más de lo que necesitaba para seguir viviendo como siempre había vivido.
Entonces pensé en una madre llorando en silencio para que su hija no la escuchara.
Y en una niña de cinco años que, estando enferma, parecía más preocupada por su madre que por sí misma.
Dormí muy poco.
A la mañana siguiente regresé al edificio.
Le dije al administrador que necesitaba comprobar que el sistema funcionara correctamente.
Era verdad.
Solo que esa no era la verdadera razón.
Subí al tercer piso y llamé.
Mariana abrió.
No llevaba uniforme.
Vestía un pantalón deportivo y una camiseta vieja.
Tenía unas ojeras casi tan marcadas como las de su hija.
—¿Señor Ernesto? ¿Hay algún problema con la calefacción?