—Lo peor no es eso —continuó—. Lo peor es saber que Sofía se da cuenta.
Se secó las lágrimas.
—Yo sonrío delante de ella. Le digo que todo está bien. Pero me conoce.
—¿Cuánto debe?
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué?
—Del tratamiento.
—No importa.
—Para mí sí.
—Señor Ernesto…
—Dígame cuánto.
Negó con la cabeza.
—No puedo pedirle dinero a un desconocido.
—No me lo está pidiendo.
Me miró sin entender.
—Yo se lo estoy ofreciendo.
Mariana se quedó completamente quieta.
—No.
—Escúcheme primero.
—No puedo aceptar.
—Todavía no sabe qué voy a decir.
—Sea lo que sea, no.
Me incliné un poco hacia adelante.
—He trabajado treinta y cinco años.
Ella no habló.
—Vivo solo. No tengo hijos. No tengo grandes gastos. He ahorrado durante casi toda mi vida y nunca tuve una razón concreta para hacerlo.