Una niña no podía subir las escaleras y el secreto que contó al mecánico cambió tres vidas para siempre

—Eso es para su jubilación.

—Tengo suficiente para vivir.

—No puede entregar sus ahorros a personas que acaba de conocer.

—Puedo decidir qué hacer con mi dinero.

Mariana volvió a negar con la cabeza.

—¿Por qué haría algo así?

Pensé unos segundos.

—Porque ayer una niña con un gorro rosa me contó que su madre lloraba mientras ella fingía dormir.

Mariana cerró los ojos.

—Porque esa niña está enferma y, aun así, lo que más le preocupa es usted.

Sentí un nudo en la garganta.

—Y porque llevo treinta y cinco años arreglando motores.

Mariana me miró.

—¿Motores?

—Sí.

Me encogí de hombros.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. —Cuando algo se rompe, intento arreglarlo. Es lo único que he sabido hacer bien.

—Esto no es un coche, Ernesto.

—Ya lo sé.

Miré los dibujos de Sofía.

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