Una niña no podía subir las escaleras y el secreto que contó al mecánico cambió tres vidas para siempre

Poco a poco, Mariana dejó de mirarme como a un extraño.

Una noche, cuando Sofía ya estaba dormida, me preguntó:

—¿Por qué hace esto de verdad?

—Ya se lo dije.

—No.

Negó con la cabeza.

—Quiero la verdad completa.

Me quedé pensando.

—He pasado casi toda mi vida arreglando cosas.

—Eso ya lo sé.

—Los motores son fáciles.

Mariana sonrió.

—No creo.

—Sí lo son.

Me apoyé en el respaldo.

—Cuando un motor falla, buscas la causa. Cambias la pieza. Limpias. Ajustas. Pruebas otra vez.

Miré mis manos.

—Pero un motor no te pregunta cómo estás.

Mariana guardó silencio.

—No te extraña si no apareces.

Continué.

—No celebra tu cumpleaños. No se preocupa si cenas solo.

Miré hacia el pasillo.

—Creo que estuve tanto tiempo ocupado arreglando máquinas que olvidé construir relaciones con personas.

Mariana bajó la mirada.

—Hasta que apareció Sofía.

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