Nada costoso.
Ella prefería que me sentara a escucharla.
Inventaba historias increíbles.
Decía que su oso era dueño de una panadería.
Que un conejo de peluche trabajaba como policía.
Que su muñeca más vieja era presidenta de una isla donde estaba prohibido estar triste.
Yo hacía preguntas muy serias.
—¿Y qué castigo recibe quien se pone triste?
—Una cucharada de helado.
—Terrible.
Sofía se reía.
Aquella risa empezó a convertirse en uno de mis sonidos favoritos.
También había días malos.
Días en que apenas levantaba la cabeza.
Días en que el tratamiento la dejaba sin ganas de hablar.
Entonces yo simplemente me sentaba junto a su cama.
A veces leía.
A veces guardábamos silencio.
Aprendí que no siempre hay que decir algo para acompañar a una persona.
Cuando Mariana tenía turnos largos, la señora Teresa y yo nos organizábamos para que Sofía nunca estuviera sola demasiado tiempo.